Diario de servicio

Un registro de rendición

Enero: Dos Orgasmos

En el mes de enero he tenido dos orgasmos. Uno arruinado y uno sin control.

Para mi “yo” anterior, esto hubiera sido impensable. De normal podía masturbarme a diario, incluso más de una vez.

Sin embargo, durante este mes he vivido en el borde. Todos los días he tenido momentos de estar en el límite una o dos veces. Normalmente en la ducha. Usando mi mente para elevar mi excitación. Fantasías con hombres. Recordando algo de porno. Fantasías de mi mujer disfrutando con otros. Rememorando nuestro sexo. Hasta sentir mi orgasmo acercarse. Dejando de tocarme lo más cerca posible sin culminar. Una, dos, tres, cuatro veces. Las necesarias para sentir que perdería el control si siguiera. Entonces parar. Terminar mi ducha y seguir con mi día.

Es un comportamiento acordado con mi mujer.

No hay lucha. No necesita refuerzo externo por parte de ella. Es rendición pura. Llegar al borde sin culminar de manera voluntaria y continuada. Me hace sentir vulnerable y entregado. Me mantiene atento con mi mujer. Piropos, acercamientos, súplicas. Hay una textura especial en entregar la ausencia de mis orgasmos.

Son también suyos los que suceden.

Un orgasmo arruinado se siente como un orgasmo que aún no quisieras tener. Consiste en llegar al borde y precipitarte al otro lado sin quererlo. Parar la estimulación justo antes de llegar y que tu mente no quiera cruzar pero tu cuerpo no obedezca. Disocia el placer físico del mental, y el orgasmo se siente incompleto. Y es aún más poderoso cuando el ritmo lo controla otra persona. Así fue como lo construyó. Masturbándome. Susurrando fantasías en mi oído. Nunca estuve lejos del límite. Me soltó y eyaculé. Se sintió vacío. Fue perfecto.

Un orgasmo sin control es obligar a tu placer a responder al suyo. El de este enero tuvo doble componente. Por un lado, el momento del orgasmo fue totalmente fuera de mi control. Ella decidió que nos masturbábamos uno al lado del otro y determinó cuando tenía que eyacular. Por otro lado, dejé que mi semen saliera en todas las direcciones. Por alguna razón no es algo que me haga sentir cómodo, suelo recoger mi semen en mi mano o controlar donde termina. Para alguien que fantasea con tragar semen (incluido el suyo) suena raro, pero la realidad es que incrementó mi sensación de falta de control.

En mi concepto de servicio, donde busco ese rol secundario, he descubierto que servir también significa entregar la propiedad de mis orgasmos. Compartir esto con ella, que ella sea consciente de mis momentos al borde, que elija cuando puedo correrme y de qué manera. Todo esto convierte mi placer sexual en un acto de servicio.

Mi gratificación ya no viene de la liberación física, sino de la disciplina mental. De saber que incluso en la soledad de mi excitación, mi cuerpo le pertenece a la dinámica.

Mi placer es la ofrenda.