Sentirme lleno
Creo que, en la mitad de los universos paralelos, soy gay.
En mi universo, soy feliz con mujeres y disfruto del sexo heterosexual. Pero siempre con un ruido de fondo. Una curiosidad morbosa por el pene.
Soy bisexual.
Tras mi relación más larga, en mi soltería, mi fantasía recurrente era encontrar a un desconocido que viniera a mi casa, le chupara la polla, se corriera en mi boca, me lo tragara y se fuera sin decir una palabra. Sin nombres. Sin preámbulos. Solo la funcionalidad de mi boca y su placer. Nunca me atreví.
Tiempo después, una chica francesa con pareja me invitó a un trío en su casa. Entre cajas de pizza y nervios, pasamos al sofá. Mi rol aquel día era el de un explorador cruzando una frontera. Mientras la atendíamos a ella, le pedí permiso a él para tocarle y chuparle. Fue recíproco. No hubo besos, no busqué su mirada. Para mí, él no era una persona, era un soporte vital para su pene. El centro fue ella, su placer.
Ahora con mi mujer, juego a comprar ropa que “se sienta más gay”, un pequeño gesto estético que valida mi identidad. Le cuento cómo me masturbo de manera recurrente viendo porno gay y fantaseando con estar con hombres. A veces, con su permiso, frecuento apps donde me gusta mirar y que me miren. Enseñar mi polla y apreciar la de otros. Exhibirme y fantasear desde el armario. En una ocasión encontré a un chico con el que estuvimos a punto de quedar para perder mi virginidad. Casi sucede. Me eché para atrás en el último momento.
Soy pasivo.
La flexibilidad de mi ano es menor que mi deseo. Mi imaginación es una vorágine de imágenes, a cada cual menos realista, de mis límites y mis extremos.
Correrme con un consolador en el fondo del culo. Que un hombre me use, ser un agujero. Mi mujer con un arnés follándome a gusto. Sentir una polla tan grande que me duela, que anule mi voluntad. Probar el afecto masculino. Besar, abrazar. Estar lleno en reposo. Sentir el peso de un hombre sobre mi cuerpo. Sus brazos. Su olor. Ofrecer una renuncia absoluta a mi control y dejarme hacer. Tener una conexión tierna y sana.
Me freno.
No me da miedo que no me guste. Me da miedo que me guste demasiado.
Me quedo quieto.
Me aterra pensar que la fantasía se convierta en una obsesión. Que el placer anal se vuelva innegociable.
Dejo que la ola pase.